Para mis amigos del IPL. Gracias por sugerirme el filme “La escafandra y la mariposa”.
Veo la película por segunda vez. No obstante la trama, me parece
simpático el contraste de la imagen del personaje, con la de nuestra
gata que duerme su indiferencia encima del calorcillo de la famosa
“cajita” que “mejora” la señal.
Por suerte, estos aparatos
admiten las imprescindibles memorias USB que, como Santa Claus
electrónicos, se repletan de regalos visuales que suplen la tortura
visual que significa la programación televisiva, sobre todo en los días
de duelo inquisitorial, esos en los que hasta el rictus en la boca del
protagonista de la película como secuela de una embolia, podría ser
interpretado como un acto sacrílego y subversivo. De esta manera, una
lectura entre las líneas torcidas de mi desvencijado esqueleto, también
puede considerarse un atisbo de irreverencia. Aquí no es difícil pasar
de la lectura entre líneas a la lectura entre rejas, sólo por obra y
gracia de la subjetividad objetiva del marxismo-leninismo, esa “pomadita
china de las ideologías”, al decir ocurrente de Carlos Alberto
Montaner.
Así, travesuras felinas de por medio, dejo constancia
digital de que el agente Pepito sobrevuela mi café de las mañanas,
insinuando su vigilancia con una desfachatez insulsa. “¿Puedo
sentarme?”, sugiere. “Usted es dueño”, respondo con la gata y la
“cajita” en mi memoria. El agente Pepito ensaya una sonrisa, revuelve su
café y observa la portada de mi libro: “Sobre la libertad”. Jiddu
Krishnamurti. Reconozco que algún guiño intuitivo me hizo retomarlo en
estos días.
“¿Está bueno?”, pregunta el agente Pepito. “Bastante
aguado”, le respondo. Vuelve al amago de sonrisa. “No sé cómo un libro
puede estar aguado”, comenta. “Me refería al café”, le preciso. Vuelve a
centrarse en el café que no ha dejado de batir. De la misma manera que
hay quien prefiere las ortigas (homenaje a Junichiro Tanizaki), puede
haber quien prefiera el café frío (homenaje a los malos servicios de
estos lares).
“¿Y qué le parece la noticia?”, retorna Pepito de
su mundo de merengue cafeinado. Suspiro teológicamente y pontifico
citando de memoria, no me interesa para nada la precisión: “Cotidiana
viles cum”, algo así como que las cosas cotidianas son viles. A
Krishnamurti no le gustó para nada que lo pasara por alto, y cerró sus
páginas. Pepito engulle por fin su brebaje, y me observa por encima del
envase. Ya sé que es una imagen trillada de las malas novelas y las
malas películas, pero yo no tengo la culpa de que esta gente no pueda
siquiera empinarse la tacita dejando flotar al dedo meñique en un alarde
de refinamiento. El café está servido en un vasito de plástico
desechable, el mismo al que los recogedores de basura le reciclan
después sus propiedades utilitarias, vendiéndolo en cafeterías
particulares. A Pepito sólo le falta el humo del cigarro para resucitar
al Muro de Berlín entre nosotros, pero aquí no permiten fumar. Sería el
colmo del patetismo cultural.
Saca la billetera del bolsillo y la
registra, lo cual es más ridículo porque en este lugar se paga donde se
compra, lo saben hasta los marcianos. No sorprende, entonces, el
calculado azar de una identificación que se desprende y cae sobre la
mesa, dejando ver sus credenciales de “ángel de la guarda / dulce
compañía / no me dejes solo ni de noche ni de día”. Fue un segundo, una
instantánea de torpeza o de advertencia.
Volvió el carné a la
billetera. “¿Cómo fue la frase que me dijo?”, pregunta. “Abisut abisum
invocat” (idéntico llamado a ignorar la precisión). “Pero esa no es la
misma de ahorita”, se enfurruña. “No, pero la complementa”. “¿Y qué
quieren decir?”, se interesa. “Esta de ahora significa: ‘El abismo llama
al abismo’”. “¿Y la anterior?” “La anterior se refería a mi
preocupación por su estómago: ‘Café frío en la mañana...’” “¿Y eso cómo
se relaciona con lo de la noticia?” “Pues no lo sé. Quizás sea una
reacción del inconsciente. El latín es una lengua muerta”.
Pepito
se marchó sin despedirse. Miré a Krishnamurti y le dije: “Chiflaste.
Por poco te decomisan. ¿A quién se le ocurre salir llevando la palabra
libertad en medio de la frente?” Krishnamurti observaba más allá de las
páginas del libro. “La verdad es una tierra sin senderos”, repetían sus
ojos clavados en la espalda de un Pepito, inevitable como las memorias
USB, que batía su café en la mesa del vecino.
No hay comentarios:
Publicar un comentario