domingo, 11 de diciembre de 2016

ENTREVISTA CON EL AGENTE PEPITO

Para mis amigos del IPL. 
Gracias por sugerirme el filme “La escafandra y la mariposa”.

Veo la película por segunda vez. No obstante la trama, me parece simpático el contraste de la imagen del personaje, con la de nuestra gata que duerme su indiferencia encima del calorcillo de la famosa “cajita” que “mejora” la señal.

Por suerte, estos aparatos admiten las imprescindibles memorias USB que, como Santa Claus electrónicos, se repletan de regalos visuales que suplen la tortura visual que significa la programación televisiva, sobre todo en los días de duelo inquisitorial, esos en los que hasta el rictus en la boca del protagonista de la película como secuela de una embolia, podría ser interpretado como un acto sacrílego y subversivo. De esta manera, una lectura entre las líneas torcidas de mi desvencijado esqueleto, también puede considerarse un atisbo de irreverencia. Aquí no es difícil pasar de la lectura entre líneas a la lectura entre rejas, sólo por obra y gracia de la subjetividad objetiva del marxismo-leninismo, esa “pomadita china de las ideologías”, al decir ocurrente de Carlos Alberto Montaner.

Así, travesuras felinas de por medio, dejo constancia digital de que el agente Pepito sobrevuela mi café de las mañanas, insinuando su vigilancia con una desfachatez insulsa. “¿Puedo sentarme?”, sugiere. “Usted es dueño”, respondo con la gata y la “cajita” en mi memoria. El agente Pepito ensaya una sonrisa, revuelve su café y observa la portada de mi libro: “Sobre la libertad”. Jiddu Krishnamurti. Reconozco que algún guiño intuitivo me hizo retomarlo en estos días.

“¿Está bueno?”, pregunta el agente Pepito. “Bastante aguado”, le respondo. Vuelve al amago de sonrisa. “No sé cómo un libro puede estar aguado”, comenta. “Me refería al café”, le preciso. Vuelve a centrarse en el café que no ha dejado de batir. De la misma manera que hay quien prefiere las ortigas (homenaje a Junichiro Tanizaki), puede haber quien prefiera el café frío (homenaje a los malos servicios de estos lares).

“¿Y qué le parece la noticia?”, retorna Pepito de su mundo de merengue cafeinado. Suspiro teológicamente y pontifico citando de memoria, no me interesa para nada la precisión: “Cotidiana viles cum”, algo así como que las cosas cotidianas son viles. A Krishnamurti no le gustó para nada que lo pasara por alto, y cerró sus páginas. Pepito engulle por fin su brebaje, y me observa por encima del envase. Ya sé que es una imagen trillada de las malas novelas y las malas películas, pero yo no tengo la culpa de que esta gente no pueda siquiera empinarse la tacita dejando flotar al dedo meñique en un alarde de refinamiento. El café está servido en un vasito de plástico desechable, el mismo al que los recogedores de basura le reciclan después sus propiedades utilitarias, vendiéndolo en cafeterías particulares. A Pepito sólo le falta el humo del cigarro para resucitar al Muro de Berlín entre nosotros, pero aquí no permiten fumar. Sería el colmo del patetismo cultural.

Saca la billetera del bolsillo y la registra, lo cual es más ridículo porque en este lugar se paga donde se compra, lo saben hasta los marcianos. No sorprende, entonces, el calculado azar de una identificación que se desprende y cae sobre la mesa, dejando ver sus credenciales de “ángel de la guarda / dulce compañía / no me dejes solo ni de noche ni de día”. Fue un segundo, una instantánea de torpeza o de advertencia.

Volvió el carné a la billetera. “¿Cómo fue la frase que me dijo?”, pregunta. “Abisut abisum invocat” (idéntico llamado a ignorar la precisión). “Pero esa no es la misma de ahorita”, se enfurruña. “No, pero la complementa”. “¿Y qué quieren decir?”, se interesa. “Esta de ahora significa: ‘El abismo llama al abismo’”. “¿Y la anterior?” “La anterior se refería a mi preocupación por su estómago: ‘Café frío en la mañana...’” “¿Y eso cómo se relaciona con lo de la noticia?” “Pues no lo sé. Quizás sea una reacción del inconsciente. El latín es una lengua muerta”.

Pepito se marchó sin despedirse. Miré a Krishnamurti y le dije: “Chiflaste. Por poco te decomisan. ¿A quién se le ocurre salir llevando la palabra libertad en medio de la frente?” Krishnamurti observaba más allá de las páginas del libro. “La verdad es una tierra sin senderos”, repetían sus ojos clavados en la espalda de un Pepito, inevitable como las memorias USB, que batía su café en la mesa del vecino.

No hay comentarios:

Publicar un comentario