Ayer, en la sección “Cuba Dice” de la emisión estelar del Noticiero
Nacional de Televisión (sí, a veces soy un poco masoquista), abordaron
el tema del uso de las banderas en la ropa y en miles de lugares más,
desde bicitaxis hasta puntos de venta de croquetas.
"estuvieron jugando al famoso juego de la manzana prohibida"
Quizás lo que
molesta a los que le pica, es la preponderancia del uso de la bandera
estadounidense, después de tantos años machacándonos con las acechanzas
del enemigo a solo 90 millas de nuestras costas.
Es muy fácil, contradictorio y periodísticamente oportunista, hablar de
ignorancia, incultura y mala educación, si junto con el discurso antes
mencionado, se ha regalado también la imagen de que somos el país más
sabio, culto y educado de toda la galaxia. Sólo falta decir que si
existen los “agujeros de gusano” por los cuales, según los físicos
teóricos, se puede viajar en el tiempo, estos empezarían en Cuba. Así de
umbilicales solemos presentarnos. Allá los ingenuos turistas políticos
que desean trasladarse (también teóricamente), a este tipo de
experimento social.
Lo cierto es que estuvieron jugando al famoso
juego de la manzana prohibida, y ésta se les ha podrido entre las manos.
Acusando una tímida y frustrante propaganda a favor de la enseña
nacional (se admite la venta a los turistas para la recaudación de
divisas, pero cuidadito con exhibirla en delantales, ceniceros y ropa
interior), seguimos cacareando el discurso de la dignidad y la cubanía, y
apelando a Martí como autor intelectual de todas nuestras escaramuzas
políticas.
De pedírmelo, yo defendería a todos esos jóvenes
fanáticos de llevar la bandera de los Estados Unidos en cabezas, torsos y
nalgas. Los defendería, porque ellos no tienen la culpa de su apatía
cubana ni de sus ingenuos fervores norteamericanos. Los defendería de la
misma manera que siento lástima por esa otra masa juvenil, “combativa y
revolucionaria”, que esgrime los versos y frases de Martí para darse la
exclusiva de pertenecer a una élite que sólo la utiliza para sus fines.
Por esas misteriosas razones de la vida, hay más probabilidades de
encontrarse en alguna calle de Miami, a uno de esos jóvenes que atruenan
en un acto de reafirmación revolucionaria, que a uno de esos otros que
apelan a un anexionismo visceral sin saber ni siquiera lo que, en
esencia, significa e implica el término. Ni les importa. Los primeros,
viajan por intercambio cultural y se quedan. Los segundos, se van en
balsa y casi nunca llegan.
Desconozco si a Martí le gustaban los
perros de raza. Yo, definitivamente, y sin ser Testigo de Jehová,
detesto las banderas. Y aunque me gustan los perros chulos, prefiero a
los gatos.

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